domingo, 1 de marzo de 2015

Mamá, papá, quiero estudiar Historia.

Quiero imaginar que hace unas cuantas décadas, el título de esta reflexión era motivo de alegría y de orgullo, pero ahora parece ser algo bien distinto.

Cuando alguien expresa algo, siempre lo hace esperando que fuera precedido de admiración, aquí unos ejemplos:

- Mamá, papá, os presento a mi novia.
- Papá, mamá, he terminado mi proyecto, ¿qué os parece?
- Mamá, papá, he decidido que voy a estudiar medicina.

O en otras ocasiones, esperamos que sean palabras de consuelo y apoyo, como a continuación:

- Me han despedido.
- No me han concedido la beca.
- Me acaba de dejar mi novio/a.

Son situaciones que si os paráis a pensar, son las más estereotipadas, porque a todo el mundo le gustaría que su hijo encontrara el amor, que consiguiera sus metas y que estudie medicina. Dentro de las otras, las dos primeras, aunque duelan, son también trending topic en nuestra sociedad actualmente desde hace varios años. ¿Pero qué pasa cuando lo que se considera un acierto para ti es un fracaso para los demás?

Cuando empecé a estudiar Relaciones Laborales todo iba bien en mi familia (menos para mí), era una carrera con salidas, cerca de casa y me la costeaba una beca. Pero a mí no me gustaba, se me atragantaba el camino hacia la facultad y se me hacía bola durante las 5 horas de clase. Decidí dejar la carrera a mitad del primer año, pero no iba a dejar de ir a clase porque no quería desperdiciar un año de mi vida (luego me di cuenta que sería uno de los más productivos ya que fue necesario para darme cuenta de lo que me gustaba de verdad, la historia).

Así cuando terminé el primer año y apenas había aprobado unas cuantas asignaturas (entre ellas Historia de las Relaciones Laborales), les dije a mis padres la fatídica frase: Mamá, papá, quiero estudiar Historia.

Efectivamente, la noticia les sentó como un tiro en el pecho, a mi padre mucho más porque él había estudiado lo que yo acababa de dejar. Empezaron a reprocharme que no me había tomado en serio la carrera y que no había estudiado, nada más lejos de la realidad, no podía tomar en serio algo que detestaba desde la primera semana de clase y que ni mis compañeros ni mis profesores hicieron que fuese más llevadero o mínimamente interesante. No iba a pasarme la vida delante de un ordenador tecleando números en un Excel, con dolor de cabeza y con más miopía que Rompetechos.

Es duro llevar la contraria a los padres, sobre todo cuando creen que lo que hacen es bueno para ti, aunque sea todo lo contrario. Siempre te dirán "pero eso no tiene salida", "apenas vas a poder vivir" o lo típico: ¿y qué vas a hacer, profesor de instituto con lo difícil que está aprobar unas oposiciones?". Después de un verano horrible sin hacer nada (hubiera preferido haber estudiado recuperaciones para no soportar los comentarios de mis padres refiriéndose a mi verano como a lo que iba a hacer el resto de mi vida después de sacare la carrera).

Parecía como si se acabara el mundo y sólo quería estudiar una carrera que te hiciera pensar, reflexionar y ser autocrítico e independiente, una persona con una base para no ser altamente manipulable. Saber historia puede ser lo más estúpido y a la vez lo más inteligente porque te enseña a razonar y a vivir, a no ser xenófobo, racista, abierto de mente (Ojo, no digo que los demás estudiantes de otras carreras, grados superiores, etc. lo sean, que nos conocemos), a ver más allá de lo que te cuentan, a contrastar la información, a desarrollar un argumento sólido en base a la ciencia, a ser cívico y a respetar y admirar a los demás, porque hemos estudiado tanto las diferentes sociedades que ha habido a lo largo del tiempo que nos sentimos parte de todas ellas. 

La historia puede darte de comer, si es lo único que te importa cuando estás pensando en estudiar una carrera, porque todas te darán de comer si te esfuerzas, pero acabarás aprendiendo mucho (si te lo tomas en serio) más que si estudias una carrera totalmente sistemática basada en fórmulas matemáticas, supuestos y teorías, sin tener que referirme a ninguna en especial. Todas son necesarias y básicas en nuestra sociedad, tanto la historia como la economía y la medicina o una ingeniería.

Pero lo más importante es no coartar la libertad de un niño o una niña que tiene la ilusión de estudiar lo que le gusta, ya tendrá tiempo de pensar en el dinero, primero hay que pensar en la felicidad. Quizás no sea un Pasteur, Newton, Tesla o una Curie, pero puede ser un Bloch, Hobsbawm, Mommsen, Artola o Comellas entre otros.